Reserva de Derechos
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Ciudad de México Año VIII Número XCI Mayo 2020

 

El noviazgo ideal
(2ª parte)
Leticia Vázquez


A la semana de conocerla le pedí que fuéramos novios. Y al mes me invitó a este lugar donde estamos, ella inconsciente y yo con mis manos llenas de sangre.

Reconozco que me gustaban sus juegos al asesino, todas las víctimas tenían curiosidad sobre las vidas de mis pacientes, pero era una curiosidad normal, como la de cualquiera; en cambio, Andrea me bombardeaba con preguntas, quería material para sus historias pero lo disfrutaba.

Buena memoria, eso fue lo que necesité para pasar la carrera de medicina, y después estudiar psiquiatría. Ninguno de mis maestros detectó algo en mí, y, aparte, los psiquiatras solamente así, trastornados, reconocemos y ayudamos a nuestros pacientes. Es lo único que necesitamos, y ese es el mejor psiquiatra, el que no es normal.

La carrera también me sirvió para conseguir víctimas. Nunca las encontraron. ¿Tanto les cuesta entender que matar es para nosotros como comer o tomar agua?


Diez golpes más. Dejé el pueblo ese mismo día, ella quedó tirada boca abajo. Aún respiraba cuando la abandoné.

Invierno

Llego temprano al consultorio. La siguiente paciente, Brisa. Pasa y quedo anonadado. Trato de que no vea mi inmutación. Tiene algo que me recuerda a Andrea. Me dice que tiene ganas de morirse, que no quiere flaquear. Viene de una relación tóxica. Se mueve lentamente y habla con dificultad. Es una situación extraña: su voz, su altura, su cuerpo, su cabello, es diferente a la mujer que dejé desangrada; y aun así, siento que miro a Andrea por primera vez.

La atiendo y le doy nueva cita para la próxima semana.

Se va caminando lento.


Una semana después

Mis manos sudan antes de la hora señalada. No llega. Pero no perderé mi tiempo, buscaré otra Cleopatra, víctimas sobran.


Otoño

La obesa y descolorida de mi secretaria me entrega un sobre. Es pesado. Son unas rocas ensangrentadas. Me equivoqué, ya sé por qué mi preocupación y por qué mi sudor de manos. Recuerdo y cierro los puños.

Ella no se inmutaba con mis historias, con mi semblante. No cabe duda de que el nuestro era el noviazgo ideal. Estoy contento, a tres meses de relación, y siento que seríamos el uno para el otro. Ella aún respiraba cuando la abandoné.

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