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Ciudad de México Año VIII Número XCI Mayo 2020

 

Profanas prosas (2)
Luciano Pérez

1.- El petrel y la marsopa
Soy obispo herético de Kasserine, en territorio cartaginés. No tengo más Dios que los dioses, y evoco al petrel y a la marsopa como mis animales dilectos y predilectos. El petrel me hace volar en las profundidades, y la marsopa nadar en las alturas. No tengo seguidores, porque solo vivo entre las ruinas que han quedado de viejas guerras dionisiacas y amazónicas. A veces voy al oasis para oír el oráculo de Amón, para que el padre de Bacchus me diga algún indicio, alguna evidencia, de algo que todavía no atisbo. Regreso adonde mis lechuzas y mis leones, porque mi morada es la suya, que en mi obispado los animales han llegado a ser los únicos fieles.

Aquí, en el desierto de Kasserine, estuvo el zorro, quien arrojó niebla sobre sus enemigos, que huyeron despavoridos. Y luego le dimos agua a sus tanques, que se morían de sed. Siempre lo recuerdo, y a cuanto zorro encontramos le rendimos honores y lo cuidamos de quienes lo persiguen. El obispo de Hipona me censura mucho, pero somos amigos. Nuestras respectivas teologías chocan con estrépito, pero al final nos damos la mano y reímos un poco. Sus “Confessiones” me gustaron, pero su “Civitas Dei” no me impresionó. Él, por su parte, leyó mis textos de “El petrel y la marsopa” y prohibió su difusión; pero en carta, dicen que apócrifa, me dijo que guardó un ejemplar para leerlo mientras los bárbaros asedian.

Cuando los árabes llegaron no me vieron. Nadie me molesta en mis ruinas, donde tengo un altar para la reina fenicia Elisa Dido, la jamás olvidada, la siempre llorada. Y en sus Cuartetos el viejo tlacuache habló de mi petrel y de mi marsopa. Él alguna vez llegó a Cartago, lo recuerdo. Dijo ser cristiano y nos afligimos, pero cuando habló de la Sibila y del tarot todo fue diferente. Y la paloma V-1 (¿o fue la V-2?) fue vista por él en Londres cayendo como fuego del cielo en los días mesiánicos. Lucifer cayó así, como relámpago. Por lo tanto, loamos a Lucifer, hijo del Padre y hermano mayor del Hijo. Que si los reinos del mundo fueron finalmente para éste, no obstante la estrella de la mañana refulge para siempre entre los diamantes del firmamento.

He propagado mis herejías entre los marcianos. También entre los marxianos, los que quedan. En Marte aprecian mi poética de los dolores teresianos, y mi retórica de los trebejos gongorinos. No trabajos, trebejos, que éstos suelen ser muy estimados entre quienes pacen estrellas. Y los dolores de Teresa contagian de arrobo a los del planeta rojo. Pero fuera de aquí, nada quieren saber de mí los terrícolas. Consideran que tengo merecido vivir castigado en un desierto de tentaciones. No saben que éstas son pruebas que mucho nos enseñan, como bien lo supo Antonius Eremita. Que también por acá anduvo la Virgen y fue alimentada por ángeles a lo largo de días y más días. Y si alguna vez me la vuelvo a encontrar, como en la estación del Metro Chabacano, le regalaré un reloj de arena marciana, para que me diga la hora en la hora de nuestra muerte.


2.- Cruz de Elena
Tepiteña, tus cafés dan ánimo. Tu cruz es más bien como luz para los descarriados, para los extraviados, y para los que ven demasiado. Veo más, quizá, de lo que eres, porque te veo llevando en el vientre al emperador, y éste con la luz, es decir, con la cruz, vencerá, y el mundo ha de ser entregado a los que no son del Anticristo. ¡Un café con Elena, hijas de Jerusalén, de Bizancio, de Tepito! Su cabello es pintura de oro, del color de las alturas catedralicias, de las nubes vertiginosas.

Cruz Elena le dijo a su hijo: “No tienen café”, y el emperador Constantino le contestó: “Mujer, ¿qué tengo que ver contigo? ¡Ya está llegando mi hora triunfal!” Y la madre les dijo a todos: “Hagan lo que él les diga”, y todos sacaron sus espadas y degollaron a los paganos, a los apóstatas, a los engendros del padre Satanás. Y al concluir la matanza hubo café tepiteño para los soldados de Cristo en el café de Cruz Elena.

“Bebimos y vivimos”, dijo la tropa cábula. Y le cantaron al cabello teñido de oro de la emperatriz madre del emperador. Y Elena tomó la cruz del Señor, no tanto para seguirlo, sino para machacarla en pedazos, para que sus miles de astillas le fueran ofrecidas al mundo. Y esas astillas fueron protección para los bienaventurados, pero a su vez significaron la mala suerte para los no creyentes, quienes fueron falleciendo por miles con las astillas clavadas en el corazón. Este milagro entusiasmó más a los gloriosos y fanfarrones mílites de Constantino, quienes pidieron más café y le echaron licor, y la música de banda sonó en la rockola de la fonda de Cruz Elena, y las borrachas bailaron con los borrachos, y nadie se opuso a que se tirasen balazos al aire por la victoria de la cruz de Elena sobre los viejos paganos que, como yo, agonizan por la astilla de Cristo que se nos clavó en el corazón por ser sus enemigos, y que nos trajo mala suerte por habernos opuesto a que se difamase la belleza de nuestro padre Satanás.

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