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Ciudad de México Año VIII Número XCI Mayo 2020

 

Santa Juana de Arco en la literatura
Luciano Pérez

A propósito del centenario de la insólita canonización de Juana de Arco, ocurrida en 1920, cabe recordar cómo fue vista la famosa visionaria en cuanto que personaje literario. Es posible que haya más autores que la hayan tratado, pero bastará con los que mencionaremos a continuación, que nos dará una idea suficiente de cuán importante ha sido la doncella para la literatura.

Iniciamos con William Shakespeare, quien en la primera parte de su obra “Henry VI” (aunque hay la duda de que sea suya) la coloca enfrentándose a los ingleses. La llama La Pucelle (La Doncella), y ella misma anuncia su misión, que le fue encomendada por la Virgen María, que se le apareció “en una visión llena de majestad”: la de liberar a Francia de la calamidad de los ingleses.

Éstos comienzan a ser derrotados gracias al ímpetu de Juana. Una vez hecho así, ella invoca diablos para que le expliquen lo que sigue a continuación, si acaso hay signos favorables para ello. Pero esta vez los diablos, que siempre habían estado con ella, se muestran renuentes y se niegan a seguirla favoreciendo.

Entonces irrumpen los ingleses, y el duque de York pelea contra Juana, a la que termina venciendo y la toma prisionera para llevarla hacia la estaca. Ante ella llega su padre, un humilde pastor de ovejas, a pedir por su liberación, pero Juana dice no ser su hija, porque ella desciende de la nobleza. York toma esto como una muestra de la maldad de Juana, y ordena su ejecución inmediata. Shakespeare, en cuanto que inglés, no podía sentir ninguna simpatía hacia la doncella.

El testimonio literario más famoso que se ha hecho sobre Juana de Arco es la obra teatral (su autor la llama tragedia romántica) “La doncella de Orleans”, de Friedrich Schiller, estrenada en 1802, y que es uno de los textos más celebrados de este insigne poeta alemán. Ya desde niña su pecho encerraba “un corazón varonil”, y alguna misteriosa entidad le dijo que debía cubrirse de metal y hacerse ilustre en la guerra.

Así lo hace, para ayudar a Francia a liberarse de los ingleses. Los franceses quedan sorprendidos de verla llegar “cubierta la cabeza con un casco, y parecida a la diosa de las batallas, temible y hermosa a la vez. Su cabellera caía en negras trenzas sobre los hombros, y cuando habló, iluminó la altura vivo resplandor que parecía venido del cielo”. Anima a sus compatriotas a lanzarse a la lucha y vencen.

El arzobispo de Reims la manda llamar para conocerla, y ella le platica que nació en Domremy, que es hija de un pastor de ovejas, y que preocupada porque los ingleses tenían sometida a Francia, fue que se le apareció la Virgen María, quien le ordenó ir con el rey francés y guiarlo hacia la victoria contra los intrusos. Hay más batallas, y la presencia de Juana provoca temor entre los ingleses, que huyen despavoridos. Se enfrenta en duelo al caballero Montgomery y lo derrota y lo mata. Dos caballeros franceses, Dunois y La Hire, se prendan de ella, y quieren casarse con ella, pero Juana les dice que no desea el matrimonio, pues su única tarea es liberar a Francia.

Cuando se enfrenta a otro caballero inglés, Lionel, también lo vence, pero cuando está por matarlo, ve su rostro y queda enamorada de él, y lo deja ir. A partir de ese momento la suerte deja de favorecerla. Su propio padre la denuncia ante el rey, acusándola de ser bruja, que invoca demonios, que son quienes la han ayudado. Eso impacta a los franceses, que ahora sienten que es por el Diablo y no por Dios como han logrado sus victorias.

El rey, indignado, destierra a Juana, y ésta es capturada por los ingleses. Sin embargo, los franceses atacan, y entonces Juana, que ya se siente mal de lo que sintió por Lionel, se libera de las cadenas, toma una espada y se lanza contra los enemigos, que la hieren. Sus paisanos la encuentran y la llevan ante el rey francés, que está arrepentido por haber dudado de Juana. Ella fallece, y es cubierta con los estandartes de Francia. Schiller la hace así morir en el campo del honor.

Ahora vamos a Mark Twain. Su novela “Personal Recollections of Joan of Arc”, apareció primero serializada en una revista, en abril de 1895. Ya había publicado sus famosos libros de Tom Sawyer y de Huckleberry Finn, era muy querido y apreciado; sin embargo, su novela de Juana de Arco no tuvo éxito. Quizá porque no la publicó con su nombre, por su instinto juguetón: inventó que ese libro era una especie de memorias escritas por el propio secretario de Juana, Louis de Conte, y que había sido traducido del francés antiguo al inglés moderno por Jean Francois Alden, de un manuscrito encontrado por éste en los Archivos Nacionales de Francia. Es pues el señor de Conte quien nos habla de la historia de Juana, tal como él se las platicó a sus nietos, bisnietos y tataranietos.

Twain da una imagen entusiasta de la célebre doncella, en la cual no hay ninguna mancha, ningún defecto. No obstante ser campesina e ignorante, logró imponerse en la época fea que le tocó vivir, esa negra Edad Media (son expresiones del traductor Alden, es decir, de Twain mismo). La gente era mala entonces, pero Juana buena; todos mentían y carecían de caridad, mas Juana fue todo lo contrario. La inocencia de ella, su pureza, no tenían límites, a pesar de vivir entre personas que la escarnecían, que se burlaban. Sin saber nada de estrategia militar, se puso al frente de los ejércitos de Francia para liberar a ésta, inspirada por las voces que de parte de Dios mismo le eran enviadas.

Anatole France, un gran novelista él mismo, decidió no escribir una novela sobre Juana de Arco, sino una biografía. Muy bien escrita, y para su tiempo muy bien documentada (se publicó en 1908), France no toma partido ni por la joven ni por los clérigos franceses que la condenaron, tanto en el campo francés como en el inglés; pero intenta entenderlos, a ella y a ellos, bajo el contexto de lo que podían hacer, no de lo que debieron haber hecho. Sin embargo, France es implacable con ella y con ellos.

Respecto a estos últimos, los clérigos que estaban de parte del rey Carlos VII sabían que les era posible apelar al Papa para rescatar a la doncella de las maniobras de los jueces e inquisidores franceses que estaban del lado inglés. No lo hicieron porque le tenían miedo a la Universidad de París, cuyos sabios doctores ya estaban encontrando herética a Juana, partidaria ésta del propio Satanás, y nadie quiso tener que ver con el príncipe de las tinieblas. Por eso se negaron a salvarla, y en cierta manera les resolvía el problema que representaba para todos la existencia de una mujer así.

En cuanto a Juana, a France no le queda la menor duda de que algo no andaba bien en la cabeza de ella. “¿Qué quiere esto decir, sino que sufría alucinaciones de la vista, del tacto y del olfato? De todos sus sentidos el más afectado es el del oído: ella dice que las voces se le aparecen; a veces las llama también su consejo, las oye muy bien, a menos que haya ruido alrededor. Suele por lo general obedecerlas, aunque a veces se resiste. Es dudoso que sus visiones fuesen tan precisas. Fuese porque no pudiese o no quisiese, nunca hizo ante los jueces de Ruán una descripción clara y precisa”. Para France, Juana era demasiado gótica, por eso el Renacimiento no quiso saber de ella; y tal vez por eso mismo, Napoleón Bonaparte se ocupó de rendirle grandes homenajes a la doncella.

En 1923 se estrenó en Nueva York una obra de teatro escrita por George Bernard Shaw, “Santa Juana”. Hacía ya tres años que Juana de Arco había sido canonizada como santa de la Iglesia Católica, y entonces Shaw, lleno de indignación, expresó en el escenario su inconformidad, en voz de la propia Juana, que dice con amargura: “Fui quemada, de todos modos. ¿Acaso me pueden quitar las quemaduras?” Cuando la obra se publicó como libro un año después, Shaw le agregó un largo prefacio, donde explica por qué escribió “sobre el pez más raro de entre los valores excéntricos de la Edad Media”. Juana “se rehusó a aceptar el papel específico de las mujeres, y se vistió y vivió y habló como los hombres lo hicieron”. Shaw quiere verla de manera realista, pues ella no es un personaje melodramático, dado que fue sentenciada y juzgada de acuerdo a las leyes de aquella época; injustamente, desde nuestra perspectiva, pero legal para aquella época.

Juana, insiste Shaw, era fea. Tenía que serlo, porque una cosa es la realidad y otra las estampas devotas. Ya en la obra, ella dice de sí misma: “Siempre me han llamado Jenny en Lorena (de donde soy). En el resto de Francia soy Juana. Pero los soldados me llaman la Doncella”. De ahí que no haya querido casarse: “Nunca tomaré un marido… Soy un soldado, no quiero que se piense en mí como una mujer. No me vestiré como una, no me interesan las cosas que a las mujeres les atraen”. A Shaw no le escandalizan ni las visiones que Juana veía ni las voces que oía. Le parece natural que haya personas tan sensibles que llegan a escuchar dentro de sí algo que los impulsa hacia alguna acción, y la historia de los hombres ilustres está llena de eso. Ninguna herejía, ninguna hechicería. Juana era “una astuta y sana campesina de extraordinaria fuerza mental y vigoroso cuerpo”.

La obra transcurre con los episodios que ya conocemos, pero concluye de una manera que le da otro giro a todo. Aparecen todos juntos: el cobarde rey francés, los inquisidores, Juana, y un soldado inglés que se apiadó de ella cuando la quemaron y le dio una cruz que ella solicitaba cuando ardía. Entonces llega un sacerdote vestido a la manera de 1920, y les anuncia a todos que el 16 de mayo de ese año el Vaticano ha proclamado a la Venerable y Bendita Juana como parte de la Iglesia Triunfante con el nombre de Santa Juana. Cada 30 de mayo, en el aniversario de la muerte de la Doncella, se celebrará una misa especial en todas las parroquias católicas del mundo. El rey Carlos se siente contento, pues eso significa que su corona está a salvo, libre del cargo de haber sido lograda a través de una bruja. Los inquisidores también se muestran felices, pues ellos cumplieron con la ley, y si después hay una modificación a lo que sentenciaron, sea ésta bienvenida, pues no es culpa de ellos el que algo haya salido a relucir una vez muertos. Juana, en cambio, está perturbada, pues a ella ¿de qué le sirve todo eso? El rey la traicionó, la Iglesia y la Inquisición la quemaron, y sólo un humilde soldado inglés, un enemigo, fue el único que le tuvo compasión en el momento más difícil de la ejecución por la hoguera.

Finalicemos con Bertolt Brecht, quien dos veces se ocupó de Juana. La primera en una pieza radiofónica de 1929, donde va directo al proceso y la ejecución en Ruan, ciudad francesa ocupada por los ingleses. Ahí los doctores de la Sorbona de París, haciendo alarde de latinismos y erudición, juzgan a la campesina lorenesa, una luchadora de la Resistencia. El obispo de Beauvais, quien es el que más odia a la Doncella, la ha vendido a los ingleses, quienes le han pagado a él para que la sentencia consista en quemarla. Sin embargo ese alto clérigo, quien juega a dos manos, quiere hacer que Juana firme un documento que la salvaría de morir, donde prometa ya no vestir como hombre y pasar cadena perpetua en la cárcel.

Juana siente miedo de la hoguera, y siente que el pueblo la ha abandonado, pues nadie protesta, y acepta firmar. Lo hace, ante el enojo de los ingleses. Entonces ocurre que en Ruán el pueblo se está amotinando contra el ocupante, y Juana oye los gritos de la lucha, así que se vuelve a vestir como hombre, para morir quemada, pues se dio cuenta que el pueblo asumió también la guerra contra el enemigo.

La otra obra es “Santa Juana de los Mataderos”, concluida en 1932 en pleno auge del nacionalsocialismo alemán. Es una obra peculiar, pues ocurre en Chicago, en los mataderos de carne donde domina la ley de un gangster de apellido Mauler. Juana Dark es miembro del Ejército de Salvación, y se da cuenta que Mauler está aprovechándose de esa organización religiosa para tener sometidos a los trabajadores. En una visión, Juana ve a éstos marchando como un solo hombre contra el Sistema, y entonces se da cuenta que ella también debe estar junto con ellos, para acabar con el nefasto imperio de Mauler.

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