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Ciudad de México Año VIII Número XCII Junio 2020

 

José Vasconcelos: por nuestra raza hablará su espíritu
Luciano Pérez

Es una desgracia que en México los hombres y las mujeres verdaderamente ilustres se conviertan en estatuas de piedra, y cuando a veces se les rinde homenaje, éste sólo es parte del ritual para el olvido. Nadie quiere saber de esos personajes, salvo para de vez en cuando mencionarlos y aturdir a los pacatos. Son piedra, y sobre ellos nada se edificará. La madre de las musas, la Memoria, no tiene lugar en nuestro país para asentarse.

Hoy recordamos a un hombre que hizo mucho por México, y casi está olvidado. A José Vasconcelos, el maestro de América, sólo se le trae a colación cuando se trata de evocar la gloria del equipo Pumas de futbol soccer.

Que hace años se dijo en algún periódico que cualquiera que criticase el desempeño de los Pumas en el campeonato de liga, estaba ofendiendo a José Vasconcelos, a Alfonso Reyes, a Antonio Caso. Fuera de ahí, ninguna alusión a la obra cultural de nuestro Ulises Criollo.

Hace cien años, en junio de 1920, Vasconcelos asumió la rectoría de la todavía no autónoma Universidad Nacional de México. Fue un filósofo y educador como ha habido pocos en la nación mexicana, y de hecho no ha vuelto a haber otro como él.

No se conformó con sólo cumplir las tareas académicas, o con publicar algunos memorables textos, que tampoco son ya recordados. Vasconcelos quiso llegar más allá, convencido como Platón, a quien tanto solía citar, de algo que buscó con ahínco: que el filósofo llegase a ser el rey, el presidente.

No basta con que las enseñanzas queden en el aula, sino que deben salir al campo, a las fábricas, a las oficinas. Un político tiene que ser un promotor de lo mejor para su país, y en esto se empeñó Vasconcelos, primero desde la rectoría de la Universidad, después al frente de la Secretaría de Educación Pública; y más tarde en su misión de rey-filósofo, cuando lanzó su candidatura a la Presidencia de la República y movió y conmovió a todo el país, hasta que el fraude electoral de la “revolución institucional” no lo dejó avanzar más.

José Vasconcelos Calderón nació el 27 de febrero de 1882, en la ciudad de Oaxaca. Su padre era empleado aduanal, y desde temprana edad Vasconcelos vivió en el norte del país, y sus primeros estudios los hizo en una escuela de Texas.

Para 1899 la familia se establece en la capital del país, y en ese año Vasconcelos se inscribe en la Escuela Nacional Preparatoria, y al egresar de aquí estudia en la Escuela de Jurisprudencia (eran vecinas ambas escuelas, en la calle de San Ildefonso), y se titula en 1907 como abogado.

Desde 1906 formó parte del Ateneo de la Juventud, un grupo de jóvenes intelectuales que se reunían para dialogar de filosofía, para hablar de sus favoritos Schopenhauer, Bergson, Nietzsche y otros. Ahí estaban Antonio Caso, Alfonso Reyes, Julio Torri, Pedro Henríquez Ureña, Enrique González Martínez. Exigían que se le diese más importancia a la herencia griega que a la ciencia positivista en la educación mexicana.

En 1908 conoce a Madero y se une a su movimiento, del cual dirige el periódico oficial, en donde acuña la frase que después sería el emblema del gobierno mexicano: “Sufragio Efectivo, No Reelección”. Cuando el golpe huertista, Vasconcelos se va a Cuba, de donde regresa en 1914 al triunfo de Venustiano Carranza, quien lo nombra director de la Escuela Nacional Preparatoria. Sin embargo rompió con el carrancismo, y de nuevo se fue del país en 1916, para volver en 1920 cuando el presidente Adolfo de la Huerta le da el cargo de rector de la Universidad Nacional de México. Aquí estaría del 9 de junio de 1920 al 12 de octubre de 1921. Detengámonos un poco aquí.

El propio Vasconcelos fijará el lema que hasta la fecha lleva la Universidad: “Por mi raza hablará el espíritu”. Quizá no se ha reflexionado lo bastante sobre lo que se quiere decir con esta frase. Sin duda que su autor se remite a su concepto de la raza cósmica, instalada ésta en América por sus orígenes desde la perdida Atlántida, la cual se revitalizó con la llegada de la civilización blanca mediante los españoles.

De modo que toda la Hispanoamérica junta viene a ser una sola raza, y por lo tanto una sola nación. Por ello es una imbecilidad la división de ella en países distintos, lo cual sólo ha favorecido los intereses nacionalistas del estadounidense rapaz. Y a través de esa Hispanoamérica unida, habrá de oírse la voz divina, la del espíritu que llega desde lo alto.

En un país con un elevado índice de analfabetismo, el nuevo rector se propuso efectuar una cruzada por la educación. Dijo: “No hablo solamente de educación escolar. Al decir educación me refiero a una enseñanza directa de parte de los que saben algo, en favor de los que nada saben; me refiero a una enseñanza que sirva para aumentar la capacidad productiva de cada mano que trabaja y de cada cerebro que piensa”.

Así se inicia el prodigioso trabajo educativo de Vasconcelos, que se desarrollará aún mejor cuando más tarde ocupe, de 1921 a 1924, el cargo de secretario de Educación Pública, en el régimen de Álvaro Obregón.

Pero mencionemos algo más de su trabajo como rector. Declaró lo siguiente: “lo que necesita el país es ponerse a leer la Iliada. Voy a repartir cien mil Homeros en las escuelas nacionales y en las bibliotecas que vamos a instalar”. Fue bajo el sello de la Universidad que se dio inicio a uno de los programas más generosos que se ha visto nunca en México: la publicación de clásicos en ediciones buenas y baratas, en los que muchos de nosotros hemos dado los primeros pasos en la cultura. Así que fueron puestos al alcance de todos Homero, Platón, Plotino, Horacio, Dante, Goethe, los Evangelios, que fueron llevados hasta el más remoto rincón del país, en un esfuerzo sin precedentes. Estos bellos libros de tapas verdes bastan por sí solos para mostrar la grandeza de la obra vasconceliana.

Al asumir la SEP, llevó consigo a un notable equipo de trabajo, integrado por Jaime Torres Bodet, Carlos Pellicer, Eulalia Guzmán, Antonio Caso, Salvador Novo, Xavier Villaurrutia, José Gorostiza; y la tarea primordial fue la construcción de escuelas y de bibliotecas.

Gabriela Mistral vino desde Chile a colaborar en esta tarea. Este periodo quedó inmortalizado por la decisión que tomó Vasconcelos de darles a los mejores pintores de México los muros de los edificios públicos para que pintasen en ellos, sin límites ni cortapisas. Así fue que Rivera, Siqueiros, Orozco, Jean Charlot, lograron uno de los momentos más brillantes de la pintura nacional.

Pero a Vasconcelos no le bastaba con sólo ser filósofo, sino que necesitaba cumplir la consigna platónica de ser también rey. En 1924 fue candidato al gobierno de su natal Oaxaca, pero no logró ganar la elección. Se va a Europa por unos años, pero en 1929 regresa para lanzarse a la grande, a la Presidencia de la República.

El país se transformó, y muchedumbres enteras se convirtieron en seguidoras del hombre que había publicado en 1925 su crucial y polémico libro “La raza cósmica”. La gente no quería a los robolucionarios, y se fue tras de Vasconcelos, con fe y esperanza. Al lado de Vasconcelos estuvieron los entonces jóvenes Andrés Henestrosa, Manuel Gómez Morín, Rubén Salazar Mallén, Adolfo López Mateos, Juan Bustillo Oro, Antonieta Rivas Mercado, y muchos más. Recorrió todo el país, habló en todos lados, y sin duda ganó, pero el aparato electoral oficial impuso a como diera lugar al candidato oficial, un hombre gris e inane llamado Pascual Ortiz Rubio.

Decepcionado, otra vez se fue del país, y volvió hasta 1938. En esos años saca a la luz sus mejores libros: por un lado, los de filosofía, la “Metafísica” (1929), la maravillosa “Ética” (1932), la “Estética” (1935); por otro, los cuatro tomos de sus memorias, posiblemente su obra capital, “Ulises Criollo” (1935), “La tormenta” (1935), “El desastre” (1938) y “El proconsulado” (1939). Todos estos volúmenes, los filosóficos y los autobiográficos, no sólo están bien escritos, con una prosa sabrosa y aguerrida, sino que nos proporcionan la visión lúcida e inquietante de un hombre que mereció ser el rey-filósofo de nuestro país. Se le ha atacado mucho, se le acusó de ser un reaccionario y conservador, incluso hay quien cree que el verdadero Vasconcelos murió al perder la Presidencia, y que el otro ya sólo fue una sombra.

De 1941 a 1947 dirigió la Biblioteca Nacional, y en 1945 funda la Biblioteca México. En 1941 publica otro de sus libros polémicos, “Hernán Cortés, creador de la nacionalidad”. En 1959 aparece el quinto tomo de sus memorias, “La flama”. El 30 de junio de 1959, fallece. Finalicemos con las palabras de un gran partidario y admirador suyo, Andrés Henestrosa, en unas palabras dichas a la revista memoranda en 1994: “Vasconcelos murió triste, lloroso.

Así mueren los soñadores que no vieron sus sueños cumplidos. Llorando mueren los mártires, los apóstoles, los visionarios. Soñó redimir a su pueblo por virtud del alfabeto, el libro, la biblioteca, la pluma, por la pintura, la danza, las canciones. Trajo a la ciudad, cuando secretario de Educación, las danzas indígenas, olvidadas, pospuestas, las canciones vernáculas, postergadas, menospreciadas, desdeñadas como si fueran afrenta a un México que negaba su rostro indio, su corazón nativo, sus sienes autóctonas; todo para adoptar un ánima ajena, que si ánima, diversa, aparte, una mera, una vera sublimación del complejo de inferioridad, de una aristocracia ignara, meteca, rastacuera. Aristocracia pulquera la llamó, justamente, Vasconcelos”.

Y más adelante: “Murió triste, lloroso. Y cómo no iba a ser así: en Educación lo sustituyó una medianía que en vez de publicar a Cervantes se publicó a sí mismo; en Oaxaca lo derrotó un general serrano, cerrero, cimarrón; en la lucha por la Presidencia, otro general, a quien el pueblo apodó con un diminutivo que lo reducía dos veces, El Nopalito”.

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