Reserva de Derechos
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Ciudad de México Año VIII Número XCII Junio 2020

 

Profanas prosas
(3)

Luciano Pérez


1.- Los josefinos
Bizancio magna llegó a la Santa María, en plena época de los carruajes y carretelas. Entonces las musas dijeron: “sobre las piedras de esta iglesia fundaremos nuestra congregación”, y bailaron ante el sancta sanctorum. Los padres josefinos no las vieron mal, las bautizaron, las adoctrinaron, les dieron la comunión. Mas ellas, de esencia paganas, supieron ser hijas de Apolo y brillaron para llamar mi atención.

Las llamé hadas, las clamé brujas, les exclamé mi asombro, y ellas huyeron, sonrientes, para que no las atrapase. “Escribe de nosotras, pero no nos toques, que los padres nos han consagrado”. ¡Nada de eso! Tenía que tocarlas, y ya el hecho de escribirles era un contacto muy estrecho. Fui tras de ellas. En mi contra tenía yo la edad, pues pertenezco a los titanes, a una época de oro que se derritió hace eones. Ellas, olímpicas y desdeñosas, se subieron hasta las cúpulas de la iglesia josefina, y desde arriba me gritaron: “¡No nos tientes! Porque está escrito: en la iglesia las mujeres guarden silencio”. Pero no lo guardaron, no tienen por qué, al carecer de marido.
¡Quién puede hacer madres a las musas? Los dioses. ¿Quién hace madres a las monjas? Dios. Nadie considera ahí a los titanes, porque la vejez es fea y mala, como dijo el poeta Mimnermo, y por eso bien se dice que el Nuevo Reino no admite ancianos. Pero mientras no me llegue el infarto, la embolia, puedo perseguir musas, así los josefinos las exhorten a no dejarse intimidar por los demonios, como yo, del tiempo de Saturno.

(PD. Y entonces, un día me quedé trabado, ya no pude caminar más. La iglesia se esfumó de la fotografía, y las musas con sus risas desaparecieron para siempre. Ser un viejo diablo tiene alguna vez que pagarse, pero a cambio se es más sabio. Sin embargo, ¿para qué?)

 

2.- Baal y Miss Betty (epitalamio)
En la florida Coacalco, donde Helios achicharra sin piedad a las cigarras, así que los ojos quedan blancos de tanta luz, ahí la profesora Miss Betty invocó a Baal, el dios de Ajab y Jezabel, el dios temido por los profetas, y quiso unirse a él en fastuosa boda celebrada en la escuela de Villa de las Flores. Ahí por fin fue Miss Betty de Baal, a quien tanto llamó y llamó y amó, hasta que el babilonio pudo llegar y darle a ella de regalo un dragón de nombre Apopis, recuerdo del vasto Tifón egipcio.

“Magna Babylon! Magna Babylon!”, cantaron las blancas parcas en la boda, himen del himeneo según Catulo veronensis. En ese canto salieron a relucir viejas deidades y viejos monstruos, para deleite de los concurrentes al banquete nupcial. Fueron evocadas las hermanas del rey de Atenas, que se convirtieron en pájaros luego de que le dieron de comer un hijo a su padre de éste, el rey tracio. Se habló de los lugares altos, ahí donde satiresas y unicornios copulan y el Cuatro Letras (YHWH) se llena de cólera y prohíbe a su gente que acuda a esos sitios, pero siempre están llenos éstos. Se recordó a Dionisio cuando de niño fue hecho pedazos por los titanes, y Orfeo hecho trizas por las bacantes, y Adonis castrado por la furia del jabalí heroico Ares.

Hechos de muerte que llevan hacia la vida, porque los recién casados, dijeron las Parcas, traerán más defunciones al mundo a través de su progenie. El propio Zeus murió, y los cretenses (que siempre mienten) muestran su tumba a los turistas, esa plaga que azota a la Hélade entera. Quien se casa, sepa que hace obra de muerte. Pero no hay que entristecerse por ello, sino disfrutar del convite y de la posterior unión en la alcoba. ¡Himen, himeneo, Catulo veronense! Todos aplaudieron con entusiasmo. Y Miss Betty, toda de pórfido y escarlata, se hizo una con Baal, emparentando así con Pazuzu, Nino, Semíramis y otras deidades de la Mesopotamia tan temida por los cronistas bíblicos.

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