Reserva de Derechos
04-2013-030514223300-203
Ciudad de México Año VIII Número XCII Junio 2020

 

El último Fausto
Agustín Cadena

Unos le llamaban Juan y otros Jorge. Llegó hace muchos años, quién sabe de qué aldea en Alemania. Nadie lo conocía. Decía que era de Knittlingen, en Württemberg, pero según el preceptor Melanchton era de Breten. Eso sí, todos están de acuerdo en que era bravucón y pedante y en que se había formado como mago en la Universidad de Cracovia. Podía invocar a los espíritus. Tal vez nada de esto es cierto, pero llegó en una época en que la vida humana era corta, incomprensible y sórdida, y la gente tenía miedo. Muchas mujeres morían de parto y sólo cuatro de cada diez niños sobrevivían a la infancia. Los hombres morían en la guerra o en el patíbulo. Las epidemias arrasaban poblaciones enteras. La sombra del Maligno se extendía sobre los cielo de Europa.

En las ciudades, la gente se encerraba en sus casas desde el crepúsculo: las noches eran peligrosas. En la noche, los criminales abandonaban sus escondites y se operaban en la naturaleza misteriosas transformaciones: gatos, perros, ratas y otros animales en apariencia inofensivos se transformaban en brujas o en judíos nigromantes.

Podían abrirse paso hasta las cunas de los niños. La única manera de protegerse era refugiándose en la fe y en la virtud. Era una época de feroces fundamentalismos morales y religiosos. Las energías del mundo estaban en combate.

En este marco se fue gestando la leyenda de Fausto, Juan o Jorge, como le llamaban algunos. Se trata de una figura que sirve como campo de batalla a las fuerzas en colisión: un individuo esencialmente noble, pero corruptible, un espíritu universal, ya que en aquel entonces cualquier hombre inteligente se sentía expuesto a la misma tentación: invertir su capital espiritual en un pacto con aquel que parecía el señor del mundo.

Parece que para 1575 ya existía una versión latina de esta historia. La de Christopher Marlowe debió representarse por primera vez en 1574, y su más antigua versión impresa es de 1604. Era un buen momento para que la levadura del terror medieval inflamara las conciencias culpables.

El siglo XVII es el siglo de la Revolución Científica: el vulgo había asimilado ya —y celebraba— las revelaciones hechas por Copérnico y Galileo; Harvey había descubierto la circulación de la sangre, los dioses de América eran abatidos uno tras otro sobre su propia sangre, en el nombre de la Cruz; sobre todo, los europeos habían desarrollado una tecnología militar escalofriante para su tiempo.

Los humanos tenían miedo de querer saber demasiado, de morder otra vez los frutos de un árbol prohibido. ¿De dónde venían sus nuevos conocimientos? ¿Quién les estaba abriendo los arcanos? La conciencia del conocimiento se convirtió en culpa por el conocimiento. Y entonces la cultura entera de una época se vio encarnada en el Fausto de Marlowe, que condena su alma por saber.

El siglo XVIII, con sus dos mellizos monstruosos, el racionalismo y el liberalismo, ahogó momentáneamente el impulso titánico de los hombres.

El ascenso de la burguesía capitalista acaparó la atención colectiva, y el brillo del dinero superó en belleza al del conocimiento. ¿A quién podía interesarle un Fausto que vendía su alma a cambio de monedas de plomo de ínfimo cuño? El espíritu había iniciado el irreversible anegamiento cuyo fin es esta entropía del tiempo sin entrañas.

Algunos espíritus —identificados casi todos con la figura de Prometeo— iniciaron la revuelta. Rechazaron la hegemonía de la masa y la civilización del dinero en nombre de un retorno a las fuentes primigenias, a la barbarie del espíritu y al culto del genio individual. Eran los grandes románticos y entre ellos estaba Goethe.

El romanticismo de Goethe —señala Francisco Montes de Oca— sostenido en un vigoroso sentimiento nacional, exaltaba las glorias del pasado germánico y celebraba la guerra: el águila napoleónica se cernía sobre Europa para someter el caos al orden, la anarquía a la jerarquía (1). Napoleón “había sabido esculpir en la masa humana como un artista en la materia inerte” (2).

Junto con todo esto, aparece una nueva moneda de oro que pedirle a Mefistófeles: la emoción como experiencia vital y como energía creadora. El romántico tiene una actitud ambivalente hacia la muerte: por un lado se siente seducido por la paz de la tumba, coquetea con la tentación de la nada (Goethe escribió siendo aún muy joven: Über allen Gipfeln / Ist Ruh, / In allen Wipfeln / Spürest du / Kaum einen Hauch; / Die Vögelein schweigen im Walde. / Warte nur, balde / Ruhest du auch.) (3); por el otro, se sabe mortal y su deseo de entregarse a la emoción es una búsqueda de sensaciones vitales.

A la anestesia de la sociedad industrial, opone la rebeldía de la pasión. Es otra la muerte que le acobarda. O más bien, como Emily Brontë, siente que no teme a la muerte, sino a la ausencia de la vida.

Se niega a descender a la tierra sin haber sentido el mundo en todo su ser. Esta es la transacción que realiza el Fausto de Goethe: todo a cambio de una sensación tan plena de vida que opaque el esplendor palideciente de la tumba (“Si un día le digo al fugaz momento: “¡Detente! ¡Eres tan bello!”, puedes entonces cargarme de cadenas, entonces consentiré gustoso en morir”) (4).

Entonces, la moneda que recibió Fausto a cambio de su alma tiene, en una de sus caras, la sensación como experiencia vital. En la otra hay un culto a la acción y a su compañero inevitable: el peligro. Dice al respecto Montes de Oca: “Fausto es el hombre que aspira, que desea, que se inquieta, pero que no es capaz de actuar. Mefistófeles es la acción, pero la acción sin escrúpulos, que no repara en medios para lograr un fin. De ahí la tremenda paradoja de que Mefistófeles sea al mismo tiempo lo negativo y lo activo. De la unión de Fausto —elemento positivo, pero pasivo— con Mefistófeles —elemento negativo, pero activo— surge la tragedia, que es la gran tragedia del ser humano” (5).
Este culto de la acción se ve reforzado adelante, cuando Fausto mismo sentencia: “Sólo merece la libertad, lo mismo que la vida, quien se ve obligado a ganarlas todos los días” (6).

Fausto, el Fausto de Goethe, es una historia de crecimiento espiritual, de fundación de la ciudad interior. El protagonista comienza buscando sensaciones, su conciencia moral se convierte en el yunque a donde van a dar los golpes de martillo que lo forman. Margarita misma es en un momento dado ese yunque. Finalmente descubre el sentido verdadero, el conocimiento verdadero de las cosas. Pero lo hace a través de la acción. En su búsqueda de sensaciones, Fausto descubre el valor de la acción. Al final de su vida puede ya distinguir el oro del plomo, puede descreer de su búsqueda de juventud, pero la voluntad de acción ya no lo abandona, se queda con él.

Cien años más tarde, vino el Fausto de Thomas Mann. Como el anterior, refleja fielmente el estado espiritual de su sociedad, que se encuentra en el principio del fin: sifilítica, supurante, vencida por la sórdida materialización de sus ambiciones. Pero aún viva —desollada, pero aún viva—, aún capaz de traficar con y a cambio de valores incondicionales; aún capaz de sentir que existe, en algún lado, un deber absoluto y que ir a favor o en contra de él es una forma de acción espiritual.

¿Cuál es el destino de Fausto en esta época de desmantelamiento del espíritu? Creo que más que a la agonía de Fausto asistimos a la postración de Mefistófeles, a su depauperización. ¿Con qué puede seducir ahora, si hay una deslegitimación social de los absolutos? ¿Quién le va a dar su alma —esa alma enanizada hasta el nivel de un concepto Kitsch— a cambio de su oro, sus conocimientos o la posibilidad de la sensación como experiencia absoluta? En caso de que hubiera un cliente interesado, la historia no se repetiría sino como una limpia y civilizada transacción bancaria. Los conflictos morales se han reducido a problemas de funcionalidad. Al desmantelar los fundamentalismos morales, la civilización ha perdido su ser mefistofélico, se ha mutilado, ha dejado de ser una cultura humana para convertirse en una cultura artificial, en una cyber-culture.

Gilles Lipovetsky, el gran estudioso de la conducta de masas en la época posindustrial, comenta: “Hemos pasado de una civilización del deber a una cultura del bienestar subjetivo, de la recreación y el sexo: es la cultura del self-love la que nos rige” (7). En este estado de cosas, en esta extrema subjetivización general —moral subjetiva, derecho subjetivo, perversión subjetiva— los sistemas de regulación de la conducta interior se ven descoyuntados y se derrumban sobre sus propias bases. Y no es que antes la gente no buscara la felicidad. Volviendo a Lipovetsky: “Durante el Siglo de las Luces el bienestar anhelaba imponerse como un ideal social; no obstante, en la jerarquía de valores como en las normas sociales efectivas, se veía relegado a un segundo plano, sujeto al orden superior de los deberes de la abnegación de sí mismo”.

Este orden superior —el de la abnegación de sí mismo, sacrificio, los valores que pueden llamarse originales desde el momento en que se apoyan en un para sí y en un deber incondicional— es lo que la cultura del self-love y del self-interest ha corrompido. Naturalmente, el culto de la acción aparece estigmatizado como un resabio de barbarie, considerado peligroso y proscrito.

Ninguna era ha habido tan hostil al impulso heróico o prometéico como ésta. La acción como vía ha sido deslegitimada en aras del nuevo orden de conciliación y hedonismo universales. Así, Mefistófeles queda no como el último diablo sino, tanto peor para nosotros, como el último hombre.

Es como si el fantasma de un cambista medieval pregonase ahora su mercancía por los pasillos de Perisur. Nadie lo oye, nadie se detiene. Es un mendigo charlatán que quiere vender la felicidad cuando todos los transeúntes saben —lo han leído en libros comprados en Sanborn's— que la felicidad consiste en sentirse bien consigo mismo.

Si alguien piensa que esto no es posible, seguramente es un amargado, un elemento de disfunción en el maravilloso engranaje de la nueva sociedad. Pero también podría ser Fausto. El último Fausto.

Notas:
1) Cf. Francisco Montes de Oca. “Goethe y su tiempo”, en Goethe, J.W., Fausto y Werther, pág. XX.
2) Loc. cit.
3) Ibidem. Pág. XXIV. “Sobre todas las cumbres / hay tranquilidad. / En todas las las copas de los árboles / tú no sientes / ningún soplo de brisa. / Los pájaros se aquietan en el bosque. / Espera, pronto / descansarás tú también”.
4) Goethe, Fausto. Pág. 27.
5) Francisco Montes de Oca, op.cit., pág. XLIII.
6) Goethe, op.cit., pág. 183.
7) Giles Lipovetsky, “El crepúsculo del deber”, pág. 18.

Regresar