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Ciudad de México Año VIII Número XCIII Julio 2020

 

Bruja roja de Amecameca
Luciano Pérez

1.-
Juana de Asbaje hizo de Poseidón la alegoría. Entonces agua mucha en México hubo, y fue posible traer al dios de los mares y de los terremotos para que entrase en la fastuosa capital novohispana el día que el virrey de La Laguna pasó entre lábaros navales y laberintos minoicos hacia el palacio.

Sin embargo, siglos después el agua se fue, y de Poseidón no se supo nada más, largas avenidas llenas de coches inundaron la faz citadina, y nada sería lo mismo ya, sin bucólicas para los ríos entubados. Juana se regresó a la mera Meca, tan más querida por ella, ubicada en la Provincia del Valle de Chalco. Se puso hábitos rojos, y abrió su cocina de bruja en Amecameca.

Supo que le hacían homenajes, que se le escribían libros, pero no quiso asistir a ninguno de aquéllos, ni tampoco leyó ninguno de los últimos. Su mundo ya era otro, con la gigantesca figura de la mujer dormida a veces moviéndose para acomodarse; con el paso por donde Cortés cruzó hacia la conquista de una nueva Venecia y Constantinopla; con los bosques por donde alguna vez atravesó en ferrocarril Amado Nervo hacia Cuautla. Y, vestida de rojo como dijimos, recibió a la amena Leticia y al ameno Lucifer.

2.-
Leticia tenía un salón de belleza, y Lucifer un taller de zapatos para mujer. Al concluir sus labores, entraban a la casa de la bruja roja, donde ésta les complacía con pasteles de zarzamora y con pipas de Kif.

En lo que fue su claustro hay una escuela de gastronomía, pero la bruja prefiere no enterarse de eso, porque dijo: “Nunca me gustó cocinar, lo que yo quería era que de la olla surgiese una ecuación leibniziana”. Leticia y Lucifer rieron y probaron el pastel y fumaron para relajarse de su arduo día de trabajo.

La bruja continuó: “Por otro lado, tampoco me gustó hacer cuentas. Las hacía porque nadie quiso hacerlas, y porque mi superiora hizo uso de su autoridad para obligarme. Qué mal que ahora salgan contadores y administradores de lo que fue mi claustro”.

Leticia le preguntó: “¿Pero te gustó ser Sor Juana?”, y la bruja roja respondió, suspirando: “Hubiera preferido más que una muñeca mecánica hiciese mis labores de monja, mientras yo, tirada en la cama de la celda, leía cuentos del espacio”. Lucifer también quiso decir algo: “Sin embargo, lograste escribir poema tras poema”. La bruja, un poco incómoda, dijo: “Fueron más de mi gusto los enigmas, acertijos y adivinanzas que confeccioné”.

3.-
Tales eran las tardes de amena plática con los amenos invitados.

Ya muy de noche se retiraban éstos a su casa, y la bruja iba al pozo para ver en el agua las imágenes del mundo material. Vio a los chaneques cantar Hari Krishna al caer desde la Osa, borrachos como morsas que comen raíces cuadradas en una isla de Escocia.

Vio a su maestro Góngora poner en jaque a dos que tres altos prelados en el juego del ajedrez hiperbólico. Vio a payasos extraterrestres incursionar en el cielo donde los niños son reyes y Jesús les reparte tabaco.

Vio a los dioses de Grecia ocupados en lo magno y desentendidos de lo parvo. Vio a la parca Venus castigar a su anciano hijo Eros por lanzar demasiadas flechas en Coacalco, donde las profesoras de primaria aman a querubines necios.

Vio las noches turinesas donde la estatua viviente del dios Po marca con sus aguas el límite entre los altos druidas y los obesos tirrenos. Vio a Apolión proclamarse hijo predilecto de Apolo para exterminar a la humanidad en el año veinte. Vio, y vio, y se durmió.

4.-
Juana de Asbaje supo que los villancicos eran una oportunidad para exasperar a los frailes, pues en los cánticos navideños es posible insertar mensajes satánicos que ni el más avezado inquisidor descubriría. Menos si la autora es una monja, presunta esposa de Cristo, al cual rechazó la bruja roja desde que se enteró de que los crucifijos dan mala suerte. Y sin embargo, la mayor fineza de Cristo bien pudo ser la de no haber nacido en Navidad, sino en marzo, pero pocos lo supieron, y el villancico fue inevitable para esa temporada.

En otra ocasión la amena Leticia le preguntó: “¿No se supone que moriste por la peste?” Y la bruja roja le respondió: “Nunca morí. Conocí los trucos que de Egipto trajo Jesús para realizar milagros, entre ellos el de simular la muerte para levantarse después. Hice lo mismo que él, y me vine a Amecameca, al mero sitio de mi vida”. Y el ameno Lucifer observó: “Pero Jesús tuvo que morir alguna vez, por lo menos de viejo”. Y la bruja: “Sí, murió, puesto que subió al cielo”. Y Lucifer de nuevo: “¿Y qué hay de los crucifijos?” Y la bruja: “heredé uno que me dio náuseas y vómito, y tuve que esconderlo. Lo dejé en San Jerónimo en mi supuesto cadáver, y quizá algún estudiante lo halló y pereció por la epidemia”.

5.-
“Ya no habrá un sueño primero, sino el último, el que conviene a los días de la humanidad últimos, anunciados por un profeta de Austria. A partir del obelisco vano, surge la luna subsolar de Hipona, con sus dos dedos en pies y manos. Ahí el sacramento de la circuncisión vale para el divino Adonis, que habrase visto en el espejo del santo Narciso. De Alejandría un cuarteto, y de Esmirna una caja de higos. Babilonia confusa, cierto, es, pero magna en su esplendor del gato Nino y la muñeca paloma. ¿Qué es piramidal, qué es funesta, qué es barroca boca bienhechora? La química vino de los egipcios para las cocinas mexicanas, y aquí las monjas sazonaron el cuerpo de Cristo con manteca y chocolate. Pero dicen que yo no quería ver entre mis ollas a Dios, sino a Newton y a Leibniz. ¡Ojalá! Me conformo con hallar ahí a los padres Atanasio y Arrio, en ruda confrontación teológica. Yo sólo no sé que sé nada. Quiébrense los rétores cabeza, y ahóguense sofistas en refutaciones. ¿Qué le dijo San Pablo a Séneca? ¿Por qué San Jerónimo tenía en menos a San Agustín? ¿Cómo entendió Lucio Apuleyo los silogismos mejor que yo? Mi madre Catarina habrá de llevarme en su rueda, a un sitio frente a los volcanes.
Y despertó, toda de rojo, en Amecameca…

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