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Ciudad de México Año VIII Número XCIII Julio 2020

 

Editorial

El calendario tal y como lo conocemos en nuestros días sufrió muchos cambios durante la historia y muchas personas (por supuesto en el poder) le metieron mano. Así Nerón llamó neronniano a abril, Calígula y Domiciano llamaron germanicus a septiembre, y el segundo también nombró domitianus a octubre.

Pero ninguno de ellos logró perdurar, porque esos cambios no significaban ninguna mejora en la medición del tiempo. Fue Sosígenes de Alejandría quien con conocimiento científico colaboró con Julio César para modificar y mejorar la calendarización de los años.

El nuevo calendario se implantó en el año 46 a. C., por supuesto con el nombre de julius, que muchos años después quedó como juliano, como se le conoce de forma generalizada. Sin embargo, el mes de Julio no fue, como se ha dicho, un capricho de Julio César, en realidad se trató de una iniciativa de Marco Antonio -en el año 44 a. C.- de otorgarle al antiguo mes quintilis (que entonces constaba de 30 días) el nombre de julius que deriva en la forma castellana julio. Este nombre, junto con el de agosto (en honor a César Augusto) se mantuvo en el gregoriano que es el que en la actualidad nos rige.

Sin más, seguimos con el avance del tiempo, que sigue su andar pausado pero inexorable, aun cuando nos llegan imágenes de un mundo paralizado o al menos semiparalizado, porque los más legítimos pobladores del planeta están aprovechando la inactividad humana para salir a reconquistar sus terrenos, aunque sea sólo por un poco tiempo. Y la progresión de los meses trae consigo nuevos acontecimientos que no pueden dejar de ser registrados en los anales de la humanidad. Y tampoco podemos dejar de revisar los acontecimientos históricos que han influenciado en los tiempos que nos están tocando vivir. El pasado y el presente seguirán conviviendo para hacernos comprender el porqué de las cosas.

Ahora, con mucha gente encerrada y no encontrando cosas en las que distraerse, ha recurrido a practicar sus deportes favoritos: criticar, etiquetar, malinterpretar y señalar a las demás personas. Muchos años atrás, los lavaderos en las vecindades tenían la fama de circular en ellos los mejores chismes del entorno, y hoy la tecnología ha superado esos tiempos y ahora podemos oír chismes globalizados. Así, la gente “chimiscolera”, guardada en sus casas, tiene a su disposición sus “lavaderos cibernéticos” llamados redes sociales, en donde se ponen de manifiesto los famosos “sabelotodo” que ya nos han develado la verdad absoluta de la humanidad y los intereses secretos de una pandemia, que a decir de muchos de ellos, nos dejarán sin líquido sinovial en nuestras rodillas y con un “chip” chismoso dentro de nuestro torrente sanguíneo.

Ante tanta imbecilidad, nuestra señora Lamia sigue orgullosa su avance por las venas de la cultura, pero no de la estirada e inalcanzable de los falsos eruditos, sino la que se genera y se alimenta de abajo hacia arriba como los árboles. En buena hora.

José Luis Barrera

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