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Ciudad de México Año VIII Número XCIII Julio 2020

 

Moscú 1980, el boicot
José Luis Barrera

Para la celebración de los Juegos Olímpicos de 1980 se encontraban compitiendo por la sede dos ciudades que resultaban enemigas vistas desde el plano económico y político: Los Ángeles y Moscú, el capitalismo y el socialismo se enfrentaban una vez más, sólo que ahora para albergar la XXII edición de esta competencia mundial que dista mucho de la supuesta “unión de los países por medio del deporte”, y es más bien una herramienta más por obtener la hegemonía mundial.

En esta ocasión, Moscú derrotó a Los Ángeles por 39 votos a favor y 20 en contra lo que dejó muy molestos a los americanos, quienes aprovechando la Guerra Fría y poniendo como pretexto que la presencia militar soviética en Afganistán era una invasión y violaba los derechos internacionales, decidieron boicotear los juegos, convenciendo a 65 países de no asistir a la llamada “justa veraniega”. Lo cierto es que desde que perdieron la votación por tener la sede, el capricho se veía venir, ya se advertía una acción contra este evento, hasta que al fin encontraron el pretexto ideal.

El boicot fue secundado por Alemania Occidental, Canadá, Argentina, Chile, Japón, Turquía y Noruega. Otros como Reino Unido y Australia dejaron en libertad a sus deportistas para competir bajo la bandera olímpica, y la República Pópular China, que estaba enemistada con la Unión Soviética tampoco acudió.

Pero Jimmy Carter, entonces presidente estadounidense, sabía que había muchos atletas que se habían preparado con ahínco para estas olimpiadas, e incluso -como Edwin Moses- habían dejado sus actividades profesionales para enfocarse de lleno a su carrera deportiva, y que tendrían la tentación de participar aunque no fuera abanderando la enseña de las barras y las estrellas, así que decidió llevar el “berrinche gringo” a sus máximas consecuencias, amenazando con revocar el pasaporte a cualquier atleta de su país que intentara competir.

Los Juegos Olímpicos modernos, que vinieron gestándose desde la independencia de Grecia en 1821, y que Pierre Frèdy, barón de Coubertin le vio posibilidades más extensivas, no han tenido la oportunidad de hacerle honor a la “tregua olímpica” que tenían los juegos de la antigüedad, ya que se ha visto manchada por acciones políticas a lo largo de sus más de cien años de existencia. Este no ha sido el único boicot, pero si el más numeroso y el hecho más grave sucedido durante una olimpiada fue en Munich 1972, cuando el grupo terrorista Septiembre Negro en la Operación Ikrit y Biraam, tomaron rehenes y asesinaron a once miembros del equipo israelí. Y claro que jamás se podrá borrar la matanza previa a los Juegos Olímpicos de México 68.

Pese al boicot, los juegos se llevaron al cabo con muy buena audiencia. La inauguración se llevó al cabo el 19 de julio, presidida por el Soviet Supremo Leonid Ilich Brèzhnev en el Gran Estadio de Lenin alrededor de las 16:00 hrs., hora de Moscú, comenzando con las campanadas tradicionales del reloj del Kremlin, y después de casi cinco largas horas de ceremonia (en las que se pasó del interés por la expresión artística de las quince repúblicas soviéticas, hasta el hastío de los discursos), Y para dejar de recuerdo a una de las mascotas más entrañables, se cerró con el espectáculo del alegre Misha, en donde decenas de artistas vestidos con el traje del risueño oso realizaron una serie de festivos bailes.

Cabe mencionar que Misha fue la primera mascota de un evento deportivo en convertirse en un fenómeno comercial.
Y no sólo eso, Moscú hizo derroche de infraestructura al construir una Villa Olímpica, un estadio para cuarenta y cinco mil espectadores, y un velódromo. Se remodelaron avenidas, calles y parques; se plantaron cien mil árboles, se restauraron monumentos y se construyó otro aeropuerto. Y aunque la realización del evento supuso un déficit para la URSS, puesto que los gastos fueron por 862,7 millones de rublos y la recuperación de recursos fue por 744,8 millones de rublos, ello en mucho se debió al boicot impulsado por el gobierno norteamericano a tan sólo seis meses del inicio de evento.

Y en el terreno deportivo, hubo un enfrentamiento esperado que no llegó a darse en la natación entre el ruso Salnikov y el norteamericano Goodell, siendo el soviético el primer hombre en bajar de 15 minutos el record de los 1500 metros libres. Godell nunca perdonó a su gobierno por no poder competir.

A su vez, el boxeador cubano Teófilo Stevenson logró su tercera medalla de oro consecutiva en la categoría de los superpesados, y Gerd Wessing fue el primer atleta en batir el récord del mundo en el salto de altura. La sorpresa se dio en el hockey femenino, cuando la selección de Zimbau, con jugadoras que apenas habían practicado el deporte y que se habían reunido como equipo una semana antes de la competencia consiguieron la medalla de oro.

Y la selección soviética que esperaba aprovechar la ausencia norteamericana para subir a lo alto del podio en el baloncesto varonil, se topó con una poderosa Yugoslavia que lo relegó a la plata.

La nota triste fue la caída del breve pero impactante reinado de Nadia Comaneci, que había brillado en Montreal como ninguna gimnasta antes lo había hecho. Ya no era la niña que conquistó a los espectadores y pese a llevarse un oro en la barra de equilibrios y otro en el piso, no se vio tan dominadora (muchos dicen que los jueces se vieron muy estrictos con ella) y junto con la carismática niña se fue su carrera, aunque ya nadie la ha de olvidar.

En el medallero, era evidente que la URSS quedaría a la cabeza, y fue seguida de Alemania Oriental, Bulgaria, Cuba e Italia. Es evidente que la ausencia de la delegación de deportistas norteamericanos favoreció a los resultados, lo que no queda claro es si en realidad hubieran quedado en primer lugar de la tabla de medallas, ya que la URSS era la anfitriona y no se iba a dejar robar las palmas tan fácilmente. Pero esto queda en el terreno de la suposición, así como lo quedó cuando la URSS le devolvió después el boicot a los Estados Unidos.

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