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Ciudad de México Año VIII Número XCIII Julio 2020

 

La noche triste
(30 junio-1° julio 1520)

Luciano Pérez

Luego del fastuoso recibimiento que Moctezuma le hizo a Cortés a la entrada de éste a Tenochtitlan el 8 de noviembre de 1519, los españoles fueron alojados en el palacio de Axayácatl. El tlatoani quiso saber de Cortés mismo si era Quetzalcóatl que había vuelto a México, pero el conquistador ni lo afirmó ni lo negó, más bien señaló que venía de parte de un gran emperador, Carlos V, quien lo había enviado directamente con Moctezuma para hacer a éste su vasallo y también cristiano

No era cierto, porque el emperador ni idea tenía de quién pudiera ser el tlatoani. Moctezuma estaba confundido, pues ¿cómo Quetzalcóatl podía ser el enviado de un gran emperador? Sin duda que este último era una deidad mayor. Si eso era así, no había problema en hacerse vasallo de un dios de alto rango; pero, ¿qué era eso de hacerse cristiano?

La plática se suspendió en este punto, y Moctezuma llenó de oro y regalos a sus invitados. El 12 de noviembre Cortés fue a visitar el mercado de Tlatelolco, que le impresionó por lo grande. Más tarde subió con Moctezuma a lo alto del Templo Mayor, donde se ofrecían víctimas para Huitzilopochtli.

Cortés quedó horrorizado y le pidió al tlatoani que le permitiera colocar ahí un altar de la Virgen, pero eso no podía ser aceptado.

Trató de explicarle a Cortés que todos esos cadáveres eran una ofrenda que los dioses, la naturaleza, solicitaban. Los demás españoles también vieron todos los cuerpos ensangrentados y sin corazón, y no les cupo duda que todo esto era un asunto del Demonio.

A Cortés le vino a la mente la idea de que Dios mismo lo envió providencialmente a México para darle fin a ese horror.

Al día siguiente los españoles descubrieron una cámara secreta, llena toda de oro y de joyas, y esa vista, en contraste con los sacrificios humanos, les encendió la codicia. No les cupo la menor duda de que todo eso tenía que ser de ellos, pero de momento no tomaron nada.

Entonces llegó la noticia que lo trastornaría todo: un tal Cuapopoca, recaudador de impuestos para los mexicas, había pedido en Veracruz su contribución a los totonacas, pero éstos se negaron a pagar, y pidieron ayuda a la guarnición española que Cortés había dejado en el puerto.

Hubo violencia y Cuapopoca mató a varios españoles. Cortés se indignó mucho al saberlo, era el 14 de noviembre, y le fue a reclamar a Moctezuma, el cual dijo no saber nada del asunto. Se mandó traer al recaudador, pero en lo que llegaba desde Veracruz, Cortés tomó la decisión de poner preso al tlatoani.

Cuando Cuapopoca llegó, fue apresado, juzgado y quemado vivo. Pero Moctezuma no fue liberado, sino que Cortés lo obligó a firmar que aceptaba ser vasallo del emperador Carlos V. Y entonces el malhadado tlatoani cometió otro de sus ingenuos errores (en realidad, si él hubiera querido, con una orden que diera los españoles serían muertos al instante): dijo que para congraciarse con el gran señor Carlos V, le regalaba todo el oro que había en la cámara secreta.

No se necesitó que a los españoles se les dijera eso dos veces, de inmediato comenzó la repartición: un quinto del tesoro se apartó, porque le correspondía al rey y emperador; Cortés se adjudicó otro quinto; los jefes se dieron buenas tajadas, y la tropa también tuvo lo suyo. Ese tesoro de Moctezuma estaba destinado a perderse en gran parte durante la huida de la noche triste, como veremos más adelante.

Así pasaron los meses, y Cortés le dio permiso a Moctezuma de que continuase con sus obligaciones religiosas, siempre y cuando no hubiese sacrificios humanos. Y el español se salió con la suya, al lograr que se colocase una cruz y un altar a la Virgen en lo alto del Templo Mayor, donde se efectuaron misas. Desde el año pasado Cortés había enviado a España a mensajeros personales para que le informasen a Carlos V del descubrimiento de México. Dado lo largo del viaje, Portocarrero y Montejo se presentaron ante el emperador apenas en abril de 1520.

Entre tanto, Diego Velázquez, gobernador de Cuba, organizó una flota para que un ejército, al mando de Pánfilo de Narváez, desembarcase en Veracruz y fuese al encuentro de Cortés, para apresarlo y llevarlo a Cuba, donde sería juzgado y castigado. Fue en ese mismo abril de 1520 que Narváez llegó, pero a pesar de que tenía mucha gente y armas, no sería rival para los veteranos de Cortés, que conocían bien el terreno. Además, buena cantidad de oro sería repartida entre los soldados de Narváez que quisieran desertar de éste.

Cortés quiso enfrentar directamente al intruso, y dejó en Tenochtitlan a Pedro de Alvarado con una pequeña guarnición, y Moctezuma siguió preso. Cortés sabía que la expedición de Narváez era ilegal, pues no contaba con la autorización de Carlos V. Narváez llegó a Cempoala dispuesto a luchar.

Enterado de lo que pasaba, Moctezuma tenía esperanza de que Narváez se llevase a Cortés de regreso a España, porque además los dioses mexicanos ya estaban enojados, y algunos sacerdotes le habían hecho saber al tlatoani ese disgusto. De manera que, o Cortés se iba, o sería echado fuera por los propios mexicas.

La noche del 29 de mayo de 1520 se dio en Cempoala la dramática batalla de españoles contra españoles. La estrategia de Cortes para cercar a Narváez funcionó, y éste mismo fue capturado. Había perdido un ojo, y pronto todo su ejército se pasó a Cortés, quien vio así incrementadas sus fuerzas. Necesitaba eso, porque pronto llegaron alarmantes noticias de Tenochtitlan.

En la gran fiesta de mayo en honor a los dioses, aunque autorizada por Alvarado, éste se sintió incómodo y nervioso ante la reunión de tanta gente, y dio la orden de matar a tantos como se pudiera. Los mexicas reaccionaron enojados, y persiguieron a los españoles, que quedaron encerrados en el palacio de Moctezuma.

Cortés partió de Cempoala el 10 de junio, y se dio prisa como mejor pudo para llegar el 24 a Tenochtitlan, que estaba toda silenciosa. Por fin, la oposición mexica se había organizado, y ya no hubo víveres a disposición de los españoles, para que el hambre cundiera entre éstos.

Ya se le había perdido el respeto a Moctezuma, y estaba preparándose el ataque que echaría al invasor fuera. Era Cuauhtémoc quien estaba alistando a la gente, y pronto se le unió Cuitláhuac, quien fue nombrado tlatoani el 24 de junio, en lugar de Moctezuma. Fue señalado el día siguiente, 25, como el inicio formal de la insurrección.

Había un plan, meditado desde antes, y los puentes de Tacuba fueron cortados para evitar que los españoles escapasen, pues la idea era no dejar vivo a ninguno de ellos. Cortés envió a Ordaz para que viese cómo había sido eso, pero Ordaz y sus hombres fueron fieramente rechazados. Cuitláhuac dio la orden, y los mexicas se lanzaron contra el palacio de Moctezuma. Todo el 25 de junio, día y noche, fue de intensos combates. Al día siguiente un grupo español se abrió paso hacia lo alto del Templo Mayor, y ya no estaba ahí el altar de la Virgen. Tuvieron que bajar, en medio de fuerte ataque.

Los ataques al palacio se reanudaban una y otra vez, y los alimentos y la pólvora se les estaban acabando a los españoles. Cortés tenía que pedir una tregua, pero en vez de hablar con Cuitláhuac mismo, mandó a Moctezuma, el 29 de junio, a que saliese al balcón del palacio, y pidiese un armisticio.

Cuando lo vieron, muchos mexicas lloraron; sin embargo, el plan tenía que continuar, y Moctezuma se vio bajo una lluvia de piedras, una de las cuales le pegó en la cabeza y lo mató. Bernal Díaz cuenta que Cortés lloró. Pero más lloraría en la noche del siguiente día.

La muerte de Moctezuma enfureció más a los mexicas, por lo tanto no habría tregua, y Cortés no tuvo más alternativa que intentar escapar de la ciudad.

La noche del 30 de junio de 1520 los españoles salieron por la calzada de Tacuba, y aunque los puentes habían sido cortados, se instaló un puente portátil para que fuesen pasando las tropas y caballos hacia la tierra firme del pueblo de Tacuba.

Había tlaxcaltecas que ayudaron a los fugitivos. El tesoro de Moctezuma iba con ellos, el quinto del rey en diversas cabalgaduras, y los soldados apenas podían caminar por ir llenos de oro, sobre todo los que fueron de Narváez, que eran los más codiciosos.

Se había iniciado la noche triste. Entre la medianoche del 30 y las primeras horas del primero de julio, la huida se iba realizando silenciosamente; y a través del puente, Cortés con una parte de la tropa llegaron a Tacuba.

Pero en un momento dado los mexicas descubrieron la huida, tiraron el puente portátil y atacaron a los españoles que se habían quedado atrás, ninguno de los cuales sobrevivió. Ahí fue la desesperación, y los soldados se echaban al agua para huir nadando, pero el peso del oro los hundió.

Ninguno quiso deshacerse de su botín, y se fueron al fondo. El quinto del tesoro que era para Carlos V se perdió. Cortés acudió a ayudar a los rezagados, pero Alvarado fue el único que se había salvado, al saltar entre montones de cadáveres de los ahogados. Se cuenta que Cortés, sumamente triste, se sentó bajo un árbol, que se dice todavía existe, y lloró con amargura su derrota.

Fue una victoria que cubrió de gloria, por primera vez, a las armas mexicanas, ya que los mexicas fueron los mexicanos originales. Mas no duró mucho el regocijo en Tenochtitlan, pues al poco tiempo una epidemia de viruela, traída ésta por un soldado de Narváez, asoló la urbe y murió mucha gente, incluido el propio Cuitláhuac, el tlatoani vencedor. Hace quinientos años.

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