Reserva de Derechos
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Ciudad de México Año VIII Número XCIII Julio 2020

 

Doña Soledad
José Luis Barrera

El misterio con que transitó por la vida, fue el mismo que la cobijó en su muerte. Soledad creció alejada de su padre y sus medios hermanos, además de que nunca se casó, ni tuvo hijos. Ya siendo adulta tuvo algunas reuniones con su familia paterna, aunque siendo honestos no se notaba la fraternidad que entre los otros hermanos se percibía.

Ellos la buscaron porque entendieron que llevaba su sangre, pero aunque no lo aceptaran, en realidad comprobaron que no tenían más que ese lazo. No había recuerdos de infancia, ni filias o fobias compartidas con ese lado de su genealogía durante su desarrollo emocional.

Las pláticas eran amenas porque ella tenía mucha y variada charla gracias a su bagaje obtenido en sus muchos viajes y sus muchos éxitos profesionales, y al final de esas ocasionales reuniones salía la frase: “hay que procurarnos más, nos ponemos de acuerdo”. Y como era de esperarse quedaba sólo en buenas intenciones, la distancia prevaleció por sobre la intención.

El hecho de no haber convivido con sus hermanos paternos durante la mayor parte de su vida, ejercía un distanciamiento emocional entre ellos y ella, y hacía aún mayor el misterio insondable de su existencia. Nunca se explayó (o tal vez nunca nadie se atrevió a preguntar) sobre las razones de ser soltera y no haber tenido hijos. Incluso no se sabe si a los amigos que fue cosechando en ese tiempo, les contó ciertos detalles de su historia. Pero doña Soledad no vivió del todo sola, ya que compartió muchos años con una amiga (lo cual dio por ahí algún motivo mezquino de poner en tela de juicio su sexualidad), hasta que la amiga falleció. Es de suponerse que esta última conocía más secretos que cualquiera de sus hermanos, pero eso, como muchos otros aspectos personales quedan en el terreno de los supuestos.

Una mujer de fuerte carácter que, no obstante haber aceptado las pocas invitaciones familiares, en el fondo detestaba ese ambiente patriarcal con que se manejaban aquellas reuniones.

Se le veía contenta, y en las fotos hasta salía con una sonrisa, pero ella sabía que no pertenecía del todo a ese entorno. Por eso mismo ella no buscó ningún reencuentro.

Se sabía que había sido enfermera y con lo que ganaba en esta profesión se procuró sus estudios como química.

Ejerciendo esta segunda profesión y gracias a no tener anclajes familiares, decidió viajar por el mundo y conocer otras culturas. Siendo una mujer inteligente y estudiosa, aprovechó al máximo esos viajes, y sus pláticas podían ser en verdad muy provechosas.

Esta autosuficiencia con que se manejó, ejercía un rechazo a la familia, que estaba imbuida por un entorno en donde los que tenían que brillar eran los hombres, y ella llegaba a ensombrecer las pláticas varoniles.

Mi hermana, que la admiraba por estas características, cuenta que en alguna ocasión le manifestó el deseo de ser libre y exitosa como ella, pero doña Soledad le expresó que no era tan grato estar sola, que no se lo recomendaba. Esa fue tal vez una de las pocas palabras que expresó sobre la realidad de su vida.

Doña Soledad en verdad buscó la forma de hacer llevadero el estigma de su nombre. De su madre y su familia materna nada se sabe, ni de cómo llevaba la relación con esa parte de su estirpe. Sólo se sabía que tenía un chofer al que en realidad se le podría considerar un amigo, la amiga de la que hice mención con anterioridad, y de la hija de esta última a quien consideraba una verdadera sobrina.

Con seguridad ellos tres son algunos de los que lloraron frente a su tumba, porque su familia paterna ni siquiera se enteró de su fallecimiento.

La recuerdo con su imponente presencia: alta, con una voz y risa muy sonoras, muy segura de sí misma, afable, de andar erguido y con un bastón que hacía patente su sempiterna lesión de columna vertebral que jamás quiso operarse. Y debo decir que aunque las veces que la llegué a ver no completaban una decena, consideré que era una de esas personas que la sociedad (metiche por naturaleza) llama “raras”. Y es que cuando alguien decide llevar una vida distinta a la que la colectividad impone siempre generará rumores y etiquetas malintencionadas que la querrán ajustar a alguno de los conceptos preestablecidos.

Cuando quise ir a buscarla a su casa (por los rumbos del Xoco), no encontraba respuestas, puesto que los vigilantes decían no conocerla, pero fue tal la insistencia de conocer su paradero, que recurrieron a otro de sus compañeros que llevaba más tiempo trabajando en ese fraccionamiento, y fue quien me enteró de que ya hacía tiempo que doña Soledad se había mudado, y tiempo después falleció.

A su vez me dijo que al parecer esta propiedad se la dejó a alguna persona cercana a ella y ésta a su vez la había vendido, por lo que era la única información que me podían dar. No sabían tampoco en dónde la habían sepultado y esto causó una desazón en mí interior, y de pronto tuve la idea de buscar a como diera lugar la tumba de ella para despedirme, pero pronto recapacité y pensé que no tenía sentido esmerarse en buscar la tumba cuando en realidad nadie de nosotros se esmeró en frecuentarla en vida.

Doña Soledad murió alejada de su familia, cosa que tal vez así lo quiso. Bien podía haber proporcionado los teléfonos de los medios hermanos para que los enteraran de su salud, pero no lo hizo. Dejó entonces no ya sólo el misterio de su vida, dejó también el misterio de su muerte.

¿En dónde está la tumba de doña Soledad? Es muy seguro que su familia de línea paterna nunca lo sabrá. Y tal vez esto es lo mejor para ella, porque así no habrá en dónde ir a derramar algunas cuantas lágrimas de arrepentimiento

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